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| Jaume Vives y el balcón. |
No es el idioma, después de un incierto silencio Jaume lo sacó a colación, quizá por temor a expresar aquello que no debe ser pensado (como buen cristiano), o quizá por no querer profundizar demasiado. Pero no es el idioma. El idioma se utiliza como caballo de Troya para infiltrarse en las marismas del sentimiento de identidad. Pero no es el idioma la justificación de nada, porque es una simple herramienta de uso y sentido. Es el talante de la persona o del pueblo que la utiliza, y aquí radica la diferencia.
El talante, lo que arde en el corazón del ser humano, la raíz profunda del sentimiento de identidad, es la religión, el religarse con la tierra, con la vida, con los demás, para sentirse perteneciente a y sobrevivir. Extrañamente, no parece que la religión sea el motivo de la disidencia de dicha fracción enjuta, donde el cristianismo como pilar de Occidente floreció en la misma medida. Pero, ¿qué cristianismo? Esta es la cuestión.
No se trata del oficial u ortodoxo, pero tampoco del protestantismo que generó tantas guerras en el norte de Europa, sino de una herejía todavía más sutil, por extinta, aunque latente en el corazón de muchas familias catalanas: el catarismo.
La historia de los cátaros arranca de Oriente, de un reducto del maniqueísmo que Bizancio expulsó hacia los Balcanes. De allí y siguiendo la ruta de los cruzados se instaló en el sistema feudal de la Europa Occidental, pero manteniéndose al margen del mismo. Fue una secta venida de fuera de la Iglesia católica, y como tal se mantuvo subversiva.
El origen de la disidencia con respecto a la sociedad medieval era conceptual. Provenía del maniqueísmo o doctrina dualista que rechaza lo relacionado con la materia (matrimonio, carne, propiedad privada) y valora lo espiritual. Al igual que los gnósticos, y en consecuencia, los cátaros niegan también la resurrección, la encarnación, y practican el docetismo, doctrina según la cual Cristo solo tuvo un cuerpo aparente. Opusieron el Antiguo al Nuevo Testamento y fueron enemigos de los sacramentos.
Como instrumento principal de la gracia el catarismo poseía el “Consolamentum” o la imposición de manos de un miembro que practica estrictamente la mortificación prescrita (¿les suena la imposición simbólica y la falta de tangibilidad material? Es lo que vemos hoy en día en Cataluña).
La secta herética se dividía en miembros “perfectos” y los que eran simplemente “creyentes” (algo así como ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, también practicado por el nacionalismo).
Finalmente, la herejía captaba a amplias capas del pueblo organizando una secta muy resistente a la Iglesia (¿la secta de los lacinazis, la ANC, Òmnium, TV3…?). La Iglesia les envió embajadores y predicadores, y al final una cruzada contra ellos (el Estado de Derecho contra el separatismo actual).
¿Cómo se instalaron en Cataluña? Básicamente, habitaban la Francia meridional, en las cercanías de Albi, de ahí que recibieran el nombre también de albigenses. Se aprovecharon de la relajación de costumbres meridionales para instalarse y de la rivalidad con la Francia del Norte, semigermánica. La cruzada contra ellos la llevó a cabo Simón de Montfort, muy interesado en hacerse con el condado de Tolosa, tras la excomunión de su conde por hereje. Prácticamente todos los barones del Languedoc eran albigenses y lanzaban hordas contra los monasterios y las iglesias.
Bajo el mandato de Inocencio III, cincuenta mil guerreros tomaron la cruz, provenientes de la Francia del Norte, que así vieron por fin llegada la hora de redondear su territorio. El conde de Foix lideró a los albigenses y Pedro de Aragón lo apoyó e intentó mediar ante el Papa, al estar emparentado con los condes de Tolosa y con Foix. De ahí la entrada y la acogida de la herejía en Cataluña, cuando los albigenses perdieron y el territorio de Languedoc quedó sujeto a Francia.
Dejaron sus huellas en la traducción de la Biblia catalana de la época (con extraño sabor albigense), en los monjes de Montserrat, en vizcondados como el de Castellbó, ligado al conde de Foix, o en poblaciones como Berga. A pesar de las admoniciones de la Iglesia, de la predicación de las órdenes mendicantes, y de la instauración de la Inquisición en Cataluña gracias a San Raimundo de Peñafort para combatir la herejía, ésta siguió presente en la raíz profunda de muchas familias catalanas, que todavía hoy siguen practicando la rebeldía.

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