dimarts, 1 de maig del 2018

La bruja de Camilla Läckberg o la fuerza del destino.


Camilla publica sin duda su mejor novela con “La bruja”. La extensión, la calidad narrativa y el entramado de los personajes y tiempos históricos, juegan a su favor. No obstante, es la idea principal de la novela o el fondo sobre el cual subyace, el que la dota de genialidad. La tal idea es el destino aciago, aquél del que no puedes huir por mucho que lo intentes, la condena inapelable de la tragedia griega, o el pecado judío que traspasa generaciones. ¿Es posible que un acto atroz cometido hace siglos condene para siempre el destino de una familia? 

En las religiones antiguas sí. No hay salvación para los pecadores o aquellos que traspasan la hybris. En la cosmovisión antigua, tanto el universo como el hombre, están hechos a medida y deben sujetarse a la misma. Todo aquél que rompe las costumbres establecidas al uso para la convivencia humana, queda fuera de la sociedad, es arrojado del paraíso; y, en perpetuidad, caído en la desgracia. No hay tiempo ni lugar, es para siempre. La cosmovisión antigua es cíclica, no tiene principio ni fin, es eterna. Si sales de la rueda, caes al infinito. 

Además, tragedia de tragedias, es el propio sujeto el ejecutor de su castigo: Edipo, al matar a su padre y acostarse con su madre (aún sin saberlo), opta por arrancarse los ojos. En el relato de Camilla, las dos protagonistas (presuntas asesinas) mutilan la felicidad que les corresponde sin ser conscientes, y engañadas por el destino. 

El destino se personifica aquí en la figura de una bruja, que también se desconoce a sí misma, hasta que la maldad humana la pone en su lugar. El desconocimiento y el instinto de tánatos (muerte, maldad como límite de la vida) constituyen el motor de la humanidad en una visión realmente negativa. Lo que mueve al hombre es la tragedia y no la felicidad. El instinto de muerte y no el de vida o eros. El amor se sacrifica continuamente en aras del fin trágico, porque la persona en cuestión ha traspasado el límite de lo permitido. No tiene derecho ya que ha incumplido su deber. 

Sería el ojo por ojo del Código de Hammurabi, recogido luego por la Biblia y la religión griega. De este bucle solo se sale con una religión nueva como el cristianismo, donde el perdón de los pecados pone fin a este castigo infinito, y donde la concepción del hombre como imago dei lo saca del abismo. El retorno al paganismo y a las fuerzas trágicas demuestra la falta de arraigo del cristianismo, sobre todo, en las capas más bajas de la sociedad. De nuevo, por el desconocimiento producto de la incultura y el analfabetismo, de un vivir fácil sin ahondar en las causas del sentido humano.

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