divendres, 27 d’abril del 2018

La forma del agua.


La forma del agua, el principio del agua, lo indeterminado de los griegos que fundamenta el universo. Guillermo del Toro juega al ser en su última película, y no al ente como nos quiere hacer creer. No le importa en absoluto el individuo inespecífico que habita en el agua (no muestra su historia ni sus anhelos), sino lo que representa: lo desconocido, aquello que el hombre debe alcanzar para entender el universo y a sí mismo. De los diversos personajes que rodean al extraño, solo uno ejemplifica la búsqueda de la comprensión. Se trata del científico ruso que como el filósofo navega entre dos aguas (en este caso entre Occidente y el Telón de Acero). Es y no es, dedica su vida al ser, al conocimiento, mientras figura en el entramado político de la vida. Es el personaje más auténtico y valioso, el único que sacrifica su vida en aras de un bien mayor que compete a toda la humanidad. En cambio, el resto de los personajes acaban velando el descubrimiento de este bien o esencia. Los americanos y los rusos quieren destruirlo, mientras que la protagonista, con la ayuda de sus colaboradores, lo retiene para ella (primero en casa y luego en las profundidades, donde nunca más volverá a resurgir). El científico ruso, en cambio, quiere que aflore, lo estudia y lo cuida hasta el último detalle (le ofrece el plancton a la protagonista para que sobreviva). 

Elisa, la protagonista, es minusválida. Nada está puesto porque sí en la película. Refleja la minusvalía del hombre común que solo mira por sus intereses a corto plazo. Elisa necesita al ente para ser completa, y no piensa en nada ni en nadie más (pega a su vecino para que la escuche, sin importarle los problemas vitales del viejo homosexual). Exclusivamente, es ella y su amor ciego contra todos. Contrasta, sobremanera, con el amor universal del científico ruso. En ambos existe la pasión, pero la de Elisa gira en torno a sí misma. Es la parte egocéntrica del amor humano (el tú y yo que excluye a los demás), mientras que el trozo de santidad se lo lleva el susodicho científico. 

Guillermo del Toro pone del revés los estereotipos convencionales: ni los americanos son buenos, ni los rusos son malos, ni el amor es la salvación, ni la minusvalía se presta a la caridad; y, la homosexualidad, tampoco es la vida happy de lo banal. En definitiva, se carga los prototipos porque también es un buscador de la esencia velada, que una vez hallada se tiene que volver a cubrir.

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