dimarts, 7 de novembre del 2017

Cuando se impone una lengua muerta.


Unión Europea.
Es indudable que el conocimiento de las lenguas despierta el intelecto. Ofrece la flexibilidad mental necesaria para coordinar conceptos y posibilidades culturales que de otra manera quedarían cercenados. El estudio de las lenguas es la herramienta que proporciona la comunicación entre los pueblos, donde el cruce de ideas y maneras de ser va tejiendo el progreso evolutivo de la humanidad.

La comunicación lingüística no solo se realiza geográfica o espacialmente, sino también a través del tiempo. Con el estudio de las lenguas antiguas o clásicas la humanidad actual se comunica con el pensamiento de otras épocas. Lo dicho en el pasado se recoge en el presente sufriendo mutaciones, porque la cápsula que lo amparaba cambia al ser el entorno diferente. Si las mutaciones se exageran, se cae en la manipulación histórica: asegurar que sucedió lo que no sucedió, en función de los intereses actuales. 

Pero todavía se puede ir más allá por motivos ideológicos y resucitar una lengua muerta para que sirva de apoyo a los narradores de la ficción. A la resurrección, para que sea efectiva, se la acompaña de la imposición de su estudio a toda la población. Con ello se asegura el sometimiento o adoctrinamiento. Se consigue que los adoctrinados se aparten de la realidad presente y se introduzcan en un pasado imaginado que no fue, pero que legitima a los que poseen el poder en el presente, de tal manera que pasan a ser considerados mesías o caudillos.

Así una concepción política deviene en sectaria, especialmente cuando los tiempos carecen de pensamiento y de sentimiento religiosos. Socialmente, el sectarismo produce una debacle colectiva al imponer la irracionalidad y el infantilismo en la población. Solo vale lo que dice el líder y no se cuestiona nada. Quien interroga, acaba apartado del sistema. Se suspende el pensamiento crítico y el unilateralismo o totalitarismo se abre paso. Cuando ya se ha asentado en los cimientos educativos, la acción política toma el relevo. El pueblo sale a la calle y reclama lo que le dictan sus caudillos: normalmente la impunidad y la separación de otros poderes o instituciones que pudieran hacerles sombra.

Se constituye la cultura del odio. Lo que roce o sea obstáculo para el líder se desprecia. Los insultos, las burlas y la violencia solapada llueven como piedras contra el otro que se quiere suprimir. Y sobreviene la crisis social, política y económica que sin una red supranacional provoca la guerra civil, con la búsqueda de apoyos externos aliados. En cambio, si existe una unión de naciones legislada, como la Unión Europea, el conflicto se dirime judicialmente y los caudillos que han intentado la rebelión, son procesados. De ahí la importancia de los organismos supranacionales que impiden el aislamiento de una población para que reste en manos de dictadores. Y también, la conclusión que se deduce de todo ello: las lenguas muertas, muertas son, y quien las resucita, nada bueno se trae entre manos.

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