divendres, 12 d’agost del 2016

La mujer, la bomba, y la Meca.


Mano de Fátima.
Cuando una guerra se establece unilateralmente, por uno pero no por el otro, la realidad se torna grotesca, deformada. Solo existe un bando, porque el otro quiere vivir en paz y se diluye en la nada. A pesar de ello, e igualmente, es atacado; las banderas blancas carecen de valor en una guerra no-guerra.

En esta situación, la población no se prepara, porque no se considera en guerra, y los atentados a su integridad le pillan por sorpresa. Mueren a dedo mientras trabajan, mientras están de fiesta, mientras oran en los cultos. No hay parangón con las guerras aceptadas, en las que la gente se parapeta y cambia su ritmo vital al unísono con el peligro que se le cierne.

La gravedad amoral resulta entonces doble: es la amoralidad de una guerra, más la amoralidad de un golpe de estado impuesto. La inexistencia de moral deja al individuo expuesto a la fuerza de quien decide aplastarlo, sin reglas ni convenciones establecidas. La franja de la vida se distorsiona en un espejo ondulado, donde cada recoveco engulle una porción de ser.

Para que la guerra no-guerra deje de darse, la mujer, sustentadora de las relaciones sociales, debe replantear su papel y no dar pie a que el hombre-niño juegue a ser Dios. La responsable de la actitud del hombre es ella, porque desde sus entrañas lo educa para que sea el dominador, el soldado conquistador del Reino donde ella yacerá plácidamente: el harén celestial.

La mujer musulmana todavía se halla en el medioevo, con su atuendo y su encierro en una torre, pero no como víctima, sino como la reina que dirige, desde un lugar seguro, a su ejército de caballeros a la conquista de la tierra santa. El escudo de la mujer para llevar su propósito a cabo es la religión: corona al hombre como imán (sacerdote de su culto) y lo deja vagar por un listado de preceptos que lo hacen sentir poderoso y omnipotente, dueño y señor de la vida de los demás.

Una vez construidos el alcázar y la almena, la mujer sella el recinto para que ningún intruso se lo tire abajo. Cierra el candado con la cita bíblica de que todo lo hecho por Dios ya está bien, y que cualquier cambio introducido por el hombre sería una blasfemia. Con esta máxima, a la familia musulmana no le importa el lugar del mundo en donde se halle, pues los preceptos divinos jamás variarán. La sociedad o cultura que intente cambiarlos será destruida por blasfema.

Llegados a este punto, el choque con las otras civilizaciones, especialmente la Occidental, es brutal. No hay diálogo posible, porque la mujer que ha diseñado y puesto en práctica su reino es inflexible. La razón y la lógica no hacen mella en quien se considera una reina. ¿Qué hacer, pues, con la mano de Fátima? Depositarla a los pies de una mujer humilde, pequeña, que sin ser nada, abrió la puerta de los cielos y permitió que la divinidad entrara en este mundo como hombre. El verdadero hombre (y no el niño).

2 comentaris:

  1. El relato y su conclusión acerca de la participación de la mujer islamista en el conflicto occidente y el Yihadismo no lo acabo de entender, por cuanto ellas son violadas y asesinadas

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  2. Educan a un hombre-niño que no razona ni respeta, con el fin de lanzarlo a la conquista de su propio harén celestial. Se trata de una mentalidad medieval, el mundo de aquí si resulta arrasado con ellas incluidas, no importa.

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