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| Tió de Nadal. |
Cada año el tiempo de Navidad nos llama a la puerta. Es una tradición dinámica que se va adaptando a los tiempos y a la cultura líquida en la que vivimos. Nos resulta misteriosa porque recoge una serie de testamentos superpuestos: paganos, cristianos y laicos. Empieza con el tiempo de Adviento y acaba con el de Epifanía. Se sitúa en el solsticio de invierno, el mes de diciembre, donde las fuerzas oscuras de la naturaleza restan a la espera.
Diciembre era el tiempo de Saturno, el Sembrador. Tiempo de espera de la germinación de las simientes sembradas, en medio de la desolación del hielo y la niebla del invierno. La simiente enterrada ha de morir para que brote una nueva vida. Desde Todos los Santos se contagia el sentimiento de la muerte de la naturaleza, hasta que una noche el Sol remonta: es la Navidad del Sol, victorioso de la noche eterna.
Navidad es el anuncio del resplandor en el corazón de la noche desnuda, es la fiesta de la Luz, que comienza con Santa Lucía y acaba en la Candelaria. El punto álgido es Nochebuena, que simboliza, mítica y ritualmente, el fin del mundo, del cual despuntará el primer día de una nueva creación. La medianoche coincide con el punto inferior de la oscuridad, del inconsciente, del misterio. Lugar en el que se concentran las fuerzas telúricas y cósmicas, donde las aguas y las plantas cobran poderes sobrenaturales, y los ocultos entran en acción. Para alejar a las tinieblas y festejar la victoria solar, el fuego alcanza protagonismo.
Así la chimenea, en los hogares, se convierte en el santuario doméstico, donde se ubica la presencia misteriosa de los dioses Lares y las almas de los difuntos. A su alrededor la familia conversa, canta, formula conjuros y reza el rosario. Se celebra una liturgia doméstica y el banquete sacrificial de Navidad es el rito de comunión con los no-presentes. El ceremonial más significativo es el tronco de Navidad. Es el leño principal que alimenta la chimenea. El protagonista del ritual del Fuego Nuevo, el rito de perpetuación de la llama de solsticio en solsticio, para proteger a la familia y reconfortar a los antepasados. Crepita en la chimenea que es el camino vertical del fuego y del humo, entre la tierra y el cielo, el pasado y el presente. El tronco de Navidad se remonta a un ritual del s.III a. C., de raíz indogermánica, donde el tronco, medio carbonizado, actuaba de amuleto protector de la casa, del campo y de los animales.
Navidad es la luz y también el color verde de la esperanza. Expresa una fe vegetal en la resurrección. Así los abetos o el muérdago son símbolos de la naturaleza que no muere. Como lo es el calendario, la concepción cíclica del tiempo, la mítica rueda de la Fortuna, donde todo se da la vuelta, y de aquí el sentido de la aparición de los genios de Navidad: Sinter Klauss, Christkindel, Polaznic, Chalan, Handstrap, Olentzero o Fumera. Todos ellos conocen el pasado y el futuro, por ello pueden premiar a los niños que han sido buenos, con juguetes y caramelos.
Cada Navidad es una oportunidad nueva para comenzar, para regresar a los orígenes.

Me gustó eso de:...hasta que una noche el sol remonta; es la navidad del sol...Sigamos, leamos otros cuentos más adelante
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