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| La piedra en el estanque. |
La historia es un cúmulo de sedimentos, de tradiciones que se superponen y se recogen las unas a las otras. Profetisas, magas, brujas, echan el ancla en las antiguas diosas que tenían el dominio de los diferentes campos del saber. Diosas de religiones varias, como la griega o la celta, arraigadas en la naturaleza y en la razón, pero, sobre todo, en lo sacro. Lo sacro es el recinto diferente, el ámbito en el que acontecen los hechos insólitos, que sólo unos pocos pueden interpretar. Los que interpretan poseen cierta empatía hacia el hecho extraordinario, una conexión especial con lo extraño.
María, se sabe una mujer insignificante en lo ordinario, pero con una luz mágica para recibir aquello ignoto. Ella misma en su recepción se transforma en el recinto sagrado por excelencia. Ninguna profetisa ni diosa la igualan, porque la profetisa es poseída por el dios momentáneamente, y la diosa abarca sólo un poder limitado. Sin embargo, María, en su seno, contiene el poder ilimitado, absoluto; y de manera continua, permanente, confirmada con su coronación y elevación a los cielos, su resurrección en el cuerpo y en el alma.
Ella es el recinto, la llave, la puerta, la apertura y la conexión: asiente a la llamada de lo extraordinario con su ser completo (cuerpo y espíritu). La transformación es radical. María demuestra que la mujer es la única capaz de acoger lo absoluto y acompañarlo siempre, dentro y fuera de ella, con su materialidad, con su mente, con su amor. Toda ella es sacra, inmaculada, y es lo que conmemoramos el ocho de diciembre.
El cristianismo ha sido la única religión que ha elevado a la mujer a los altares. Y la ha elevado con todas las partes de su soma, íntegra. Desgraciadamente, los hombres, a través de la historia, no han hecho más que denigrar y relegar a la mujer a un segundo plano. Ni los propios cristianos han visto su poderío y se han dejado llevar, la mayoría de las veces, por los usos sociales anacrónicos.
La propia Iglesia que abrió las ventanas en el Concilio Vaticano II, todavía le queda por abrir la puerta principal: el acceso de la mujer en su total esplendor. El dogma de la Inmaculada Concepción establecido en 1854 por Pío IX tuvo su origen en este principio: dotar de esplendor a la Reina de los cielos, en su papel de mediadora y auxiliadora. Necesitaban de su poder para aplacar el ateísmo creciente originado a raíz de las revueltas obreras del 48 y del auge del positivismo. María siempre ha sido el escudo protector contra el comunismo (éste borró el cristianismo ortodoxo, en donde el papel de María resultaba decisivo, como muestran los iconos rusos). El movimiento mariano fue in crescendo durante esta época dolorosa.
El desarrollo de nuevos aspectos teológicos suele ir acompañado de vicisitudes históricas, como el descubrimiento del Jesús histórico, símbolo del hipismo y pacifismo del s.XX, después de haber pasado por dos cruentas guerras mundiales.

Poco que añadir, excepto que me gusta tu narrativa.
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