dissabte, 25 de juliol del 2015

Que los muertos no se pierdan.


Topografía del Hades.
Una de las principales hazañas míticas es conseguir que los muertos no se pierdan. Para ello, se recurre a la fuente de la memoria y del olvido, y a las pruebas de la pureza del alma. Se les recuerda a los muertos la topografía del Hades, dibujándola en sus tumbas. Y se les coloca los diferentes objetos que necesitan para superar estas pruebas. Entre ellos “El libro de los muertos”.

Nos hallamos dentro de una esfera muy emotiva y de una voluntad poderosa. El mito es participativo, es acción pura. El creador de mitos primitivo se hallaba más cerca de la realidad de lo que lo está el filósofo que utiliza el mito como segundo recurso. El mito no es intelectual, la imagen no representa el objeto, sino que es el mismo objeto. La mente mítica no contempla, es participativa: capta el sentido dinámico de la vida. En cambio, el pensamiento intelectual, el estático: buscar esencias, esencializar algo es paralizar ese trozo o fragmento de vida. Es hallar lo permanente.

El mito evoca el momento en que fueron creados los objetos. Quiere, con ello, otorgar todos los derechos a determinado objeto o costumbre y fijarlo en la tradición. Como evoca el origen, las imágenes serán cambiantes y fantásticas para interpelar a la mente impresionable y creativa del hombre. En el origen se perciben las oposiciones de la naturaleza (luz-oscuridad, vida-muerte) y el mito es la línea que conduce hasta su resolución. Proporciona un modelo para superar la contradicción. Las aventuras que se narran son mediaciones imposibles entre las oposiciones.

Los mitos son espejos mágicos donde contemplamos el reflejo de los pueblos primitivos que nos precedieron: cómo resolvieron ellos las contradicciones en las que se vieron envueltos. Los mitos cimentaban las estructuras mentales sobre las que los antiguos construían su concepto sobre la vida y la muerte. Se trata de un lenguaje universal, pues los pueblos de todos los continentes tienden a desarrollar las mismas situaciones y a plantear los mismos conflictos.

En este caso se plantea el conflicto de la muerte y lo extraordinario que representa para la mentalidad antigua. El camino del difunto se pierde en un caos irresoluble, y sólo desde la vida se le puede proporcionar un hilo de Ariadna que le conduzca hasta la luz. Actualmente, se daría el camino inverso, como nuestra única preocupación consiste en resolver el dilema de la vida, pues el de la muerte ya ha salido de nuestra perspectiva emocional, pediríamos al más allá una buena topografía que nos condujera por este mundo.

dijous, 16 de juliol del 2015

Huacas.


Huaca.
Las huacas son todos aquellos objetos o lugares de veneración que despertaban un sentimiento religioso o místico en la civilización inca. Podían ser amuletos, santuarios o recintos sagrados, seres vivos como los héroes, o accidentes naturales como las montañas o los manantiales. La naturaleza despertaba en los incas un poder espiritual que le confería vida propia. Los fundadores de los linajes, heroizados, podían convertirse en piedras. Y éstas, a su vez, cobraban vida, transformándose en guerrilleros durante las batallas.

Se rezaba a las montañas (nos hallamos en los Andes) y el poder de las piedras era inconmensurable. Los campesinos colocaban piedras en medio de los campos en honor a la diosa de la Tierra, a quien realizaban ofrendas con las cosechas. También colocaban monolitos para proteger los canales de riego, y peñascos en lo alto de los desfiladeros, para proteger a los viajeros. Éstos, agradecidos, depositaban una piedra o cualquier otro objeto de pequeñas dimensiones junto al monolito y rezaban una breve oración antes de proseguir el camino.

Las huacas también eran los talismanes, en forma de guijarros tallados con la figura de una llama, una mazorca de maíz o una persona en miniatura. Las casas contaban con algún objeto de pequeño tamaño envuelto en un paño o bien dentro de un nicho. A veces, también tenían otro guardián, que simultaneaba el culto a los antepasados con la veneración de la naturaleza.

En la civilización inca caló mucho más hondo que en las demás el culto a los muertos, de tal manera que los difuntos rendían visita a los vivos. Se momificaba a los muertos. Los incas depositaban los cadáveres en lo alto de la montaña o en regiones desérticas de la costa para que se secaran. Los muertos con cargos importantes se momificaban artificialmente. Las familias guardaban los difuntos en casa, los trataban con deferencia y los paseaban, vestidos con ropas caras, con motivo de “la fiesta de los muertos”. También conservaban sus pertenencias personales, que se enterraban después con ellos, o bien se depositaban en el lugar por el que habían sentido predilección.

Los incas querían mantener la ilusión de que los muertos continúan llevando una vida normal. Las momias se rendían visitas unas a otras y con motivos de las fiestas, eran conducidas a Cuzco (la capital inca) para asistir a las celebraciones que se daban en la plaza principal. Las momias reales se quedaban en sus palacios donde eran cuidadas. Principalmente, se veneraban los paccariscas o lugares donde se creía que ascendían al mundo superior los antepasados. La gente de edad avanzada eran los garantes de la memoria oral y quienes explicaban el significado de sus huacas.

También existían oráculos, como el de Pachacamac, donde se pedía consejo sobre cuestiones de relevancia. Y peñascos, como el de las afueras de Cuzco, que llora lágrimas de sangre. O piedras que fluyen agua, efecto de los poderes mágicos de los héroes, quienes también imprimían sus huellas en las rocas más duras.

Las huacas se extinguieron con la llegada de los misioneros españoles, que tildaban a aquéllas de ídolos paganos. El cristianismo se enfrentó a la religión inca, como una concepción de la vida frente a otra de la muerte. Los españoles aterrizaron en América en el Renacimiento, poseyendo un pensamiento científico de valoración de la vida como verdadero milagro, de oasis, en un Universo frío y vacío. En cambio, la concepción de los incas era pre-científica: para ellos la vida, lo que se movía, era todo lo que había; y lo sorprendente, lo extraordinario, era la muerte. No es de extrañar que el choque de estas dos civilizaciones fuera brutal, con el consabido final que tuvo.

dissabte, 11 de juliol del 2015

El antídoto.


Antídoto frente al mal.
Cuando el hombre se encuentra en la texitura de intentar justificar su propia vida, entonces surge la moral. La vida, presentada como tal, no es suficiente para el hombre que requiere la mejor vida posible. No hay razones; por ello, la moral esgrime su propia autonomía.

La autonomía de la conducta moral resalta el hecho de querer actuar de una determinada manera, independientemente del objeto requerido. La actuación que se pretende es la más universal posible. Se trata de un hacer, de una práctica, de un reparar el barco al navegar. De evaluar al mismo tiempo que se comete la acción. De escoger la opción mejor en cada momento.

La reflexión sobre la excelencia de la vida no establece en sí misma la verdad. Sólo existen buenas razones y dependen de los contextos vitales. Éstos son los fragmentos de cultura que constantemente se cruzan modificando las prácticas y las actitudes de los hombres. Ninguna certeza cognoscitiva podrá hacer que se produzca el fenómeno de la convicción ética. La ética es un asunto de decisión, de razón práctica. La filosofía no puede decirnos cómo producir convicciones.

Sin embargo, la moral pretende ser categórica, que su universalidad alcance a todos, sometiéndolos a un mundo creado de obligaciones. La moral no admite a nadie viviendo fuera del sistema. Genera el conflicto entre el acuerdo y el desacuerdo, caminando hacia el totalitarismo. En cambio, el relativismo moral diluye el conflicto al especificar que todas las opciones son válidas. Sitúa a los sujetos morales en los distintos estados de la escala ética, cada uno de ellos con su contexto y opciones.

Con la moral el hombre busca un antídoto del mal, de la experiencia del sinsentido, que es el autoaislamiento del hombre con respecto a la totalidad de lo real. La aflicción que el mal produce obra en favor de su propio desenmascaramiento. El sufrimiento destruye la mentira en la que consiste pensar que el mal no es mal. Si el mal pudiese hacer feliz a alguien, entonces la mentira podría aniquilar a la verdad.

Estamos en un mundo de hechos y a la vez de valores, en un mundo descriptivo y prescriptivo, en el ser y en el deber ser. Es propio del hombre trascender lo fáctico y construir un mundo donde cobre sentido su vida. Aparece entonces el valor, lo estético, lo verdadero. La persona humana se distancia así del mero hacer o construirse del objeto. Y cuando consigue obrar según con lo que ha establecido como verdadero, entonces se siente bien. Es feliz porque ha conseguido aunar lo bello, lo bueno y lo verdadero en su propia conducta vital.