dimarts, 12 de maig del 2015

Multitudes.


Multitud.
Vivimos entre multitudes que nos arrullan, como el rumor del mar abruma a la caracola sumergida, y que al surgir de entre las olas espumosas, lo evoca.

El hombre existencializa su ser en un arrullo autómata. El ritmo del trabajo sincronizado al que está sometido, no sólo perfila sus gestos, sino también la expresión del rostro, uniformizándola.

Entre multitudes el ser humano se acerca a lo mecánico, al confort aislante en el que cada individuo se procura sus intereses privados. Es la manera de existir del mundo de los espíritus. Somos fantasmagóricos.

La multitud ha sustituido en el hombre a la naturaleza. La pluralidad de todo lo vivo descansa ahora en la aglomeración humana. Es la linterna mágica que ofrece un mundo caleidoscópico, fragmentario, por el cual se desliza el hombre entre objetos, como antaño lo hacía a través de exuberantes parajes arbóreos.

El objeto fabricado, la mercancía, es ahora señoría de su destino. Ya no es el pájaro, ni el lobo, ni el carnero, ni tan siquiera el roble con su ramaje envolvente. La materia inerte fabricada es quien actualmente habla al hombre. Lo aborda, lo interpela, lo ilumina con luz de gas, expulsando de su mente al cielo estrellado.

El hombre se mece en lo cada vez más tecnológico y su rostro inexpresivo se sumerge en la nada. Apenas queda rostro, la pantalla lo ha absorbido, conduciendo el alma a la multitud más pavorosa. Fantasma entre fantasmas deambula abandonado, esperando amoldarse con quien le compre.

El ser humano pretende ser un objeto que conserve la huella de todo contacto. Ama los objetos porque deposita en ellos su aura. Las cosas tienen aura cuando levantan la vista y devuelven la mirada a quien las mira. El objeto más revelador sigue siendo la fotografía, porque retiene la huella del hombre.

Huellas que se difuminan en la multitud, concentración dispersa que preside los cambios del caleidoscopio. Paraje embrujado donde se entrega la aparición. La física y la literatura se tornan atómicas con ello: el espejo de la belleza se rompe ahora en mil pedazos. Y el hombre navega entre ellos como marinero en tierra.

Las cosas se ofrecen en geométrico escorzo, el sujeto y el objeto mismo quedan neutralizados. Ya no canta el hombre a la rosa, sino que la hace florecer en el poema. Vive el hombre fuera de lo real como el niño. Oscila en la metáfora más relativizante. Pone una cosa bajo la luz de la otra, porque la constitución del mundo es fragmentaria, su fondo es atómico, su verdad es disolvencia.

“Si mi voz muriera en tierra,

llevadla al nivel del mar

y dejadla en la ribera.

Llevadla al nivel del mar

y nombradla capitana

de un blanco bajel de guerra.

¡Oh mi voz condecorada

con la insignia marinera:

sobre el corazón un ancla

y sobre el ancla una estrella

y sobre la estrella el viento

y sobre el viento la vela!”



La poesía, como la de Rafael Alberti aquí citada, se convierte en sucesión ininterrumpida de imágenes. Multitudes.

1 comentari:

  1. Veamos si te gusta este otro poema:

    Cuando tu seas vieja y yo sea viejo
    y se vuelva canoso mi negro cabello,
    cuando en mayo el sol al jardín acaricie
    templaremos allí nuestros trémulos cuerpos
    Llegara primavera a alegrar corazones
    y jóvenes amantes a un nos creeremos,
    yo te sonreiré entre algún cabezazo
    y nos dirán la pareja adorable de viejos.

    Bajo nuestro emparrado sentados veremos
    con miradas brillantes los tiernos ojuelos
    ¿Cuántas veces antes te he dicho te quiero?
    tantas que una a una haremos recuento.
    Y recordaremos mil pequeñeces que
    serán exquisitas en nuestro chocheo.
    El destello rosado de dulce caricia
    bajará a posarse en el blanco cabello.

    A nuestro banco amigo verdeante de musgo
    a nuestro viejo banco a charlar volveremos

    (Aún sigue)...Anónimo

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