dijous, 26 de juny del 2014

El fantasma.


Fantasma en la biblioteca.
El fantasma es el tercero que flota, el que participa en la escena pero no tiene asignado un lugar. Es aquel que posee extrema movilidad, el que hace de su paso envoltura y emanación, efluvio que recorre la atmósfera con agilidad. Franquea fácilmente la distancia entre sistemas psíquicos y disuelve el yo en la locura.

El fantasma es el devenir, el asunto siempre inacabado del hecho de escribir. La literatura que desborda cualquier materia vivida, porque escribir no es imponer una forma a aquello experienciado, sino dar un paso de vida que atraviesa lo vivido. Es un devenir que entrelaza umbrales del universo eterno. No alcanza ninguna forma, se sustrae a todo proceso de formalización.

La literatura empieza cuando nace en nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder decir yo. Es delirio, una línea mágica que escapa del sistema dominante. El escritor es el vidente y oyente de las ideas que vislumbra en los intersticios del lenguaje. No define los estados de las cosas, sino que capta los acontecimientos que se escapan de las mismas. Los acontecimientos se hallan en las superficies, en la diversidad de los sinsentidos que dan cuenta del universo entero. Cuando el tiempo se ha salido de sus goznes.

Es el lugar de la ausencia del sujeto, donde se despliega una lógica de la multiplicidad de las interpretaciones. El escritor renuncia a decir yo y cae en el infinito. Pertenece a un lenguaje que nadie habla, al lenguaje del ser. El escritor es un eco, un silencio para que tome forma lo que habla sin comienzo ni fin. Se entrega a la fascinación de la ausencia de tiempo. Quien profundiza en el verso no tiene la verdad por horizonte ni el futuro por morada. Cae en la desesperación del abismo.

El abismo es un espacio autónomo, es la profundidad de lo imaginario. Se trata del punto donde no se puede hacer nada con las palabras. La necesidad interior de escribir está ligada a la cercanía de ese punto. El artista ha de sostener una fuerte conmoción en su vida para circundar el punto. Se ha de sentir privado del mundo, ausente de él, arrojado fuera de la vida y no ser ya él mismo. Sólo sintiéndose destruido hasta el fondo, surge la posibilidad de la creación más grande. No es extraño que grandes escritores hayan sido personas enfermizas y anuladas para una vida normal, como Kafka o Proust.

El escritor se siente exiliado de una realidad en la que nunca estuvo. Escribir es conjurar los espíritus que muchas veces se vuelven contra uno mismo y contra los demás. La inspiración aparece como un surgir de la nada, del abismo del silencio. Y se comunica el ser que impregna todas las cosas. Es el “resucita, Lázaro”.

dilluns, 23 de juny del 2014

El intérprete.

Juego de cartas.
Interpretamos porque somos “homo ludens”, el hombre que juega. Jugamos porque somos libres. Podemos discernir, escrutar la multitud de impresiones que recibimos y sobre las que nos constituimos. Al ejercer nuestra crítica, combinamos los elementos para destacarlos, volverlos relevantes, brillantes para todos, para uno mismo. El juego de la elección nos hace humanos.

El hombre que interpreta despliega el sentido del juego. Refleja la multivocidad del ser a través de la multivocidad de sentidos que se entrelazan en un juego como el poético, en donde las palabras no refieren, sino que se palpan en su desnudez.

El intérprete muestra lo que es a través del pensar. Enseña a ver algo que todos podemos llegar a ver y a entender. Transmite una experiencia de sentido como la dada en la obra de arte, que saca al hombre de lo habitual y cotidiano.

Cuando el hombre se ve golpeado por aquello inhabitual no comparte una catarsis o evasión del mundo, sino que es colocado delante de un espejo que le muestra lo que es. Ya no puede ocultarse tras las sombras de lo cotidiano. Deja de ser sombra y se revela a sí mismo. Por eso la experiencia del arte prende todo nuestro ser. En Hegel ya era una forma de autoconocimiento del espíritu.

La obra de arte se integra en la comprensión que cada uno tiene de sí mismo. ¿Nos sentimos alcanzados por el sentido de lo dicho, de lo expuesto? Cuando contemplamos un cuadro, escuchamos una pieza musical, o leemos poesía lírica, no nos trasladamos a otra esfera, sino que nos confrontamos a nosotros mismos. Descubrimos algo que estaba encubierto. Nos orienta en el mundo y en nuestra propia autocomprensión.

Todos somos intérpretes cuando accedemos al gran contexto de sentido. Cuando desplegamos las palabras que son gestos de sentido. Cuando nos enredamos en la interpretación que puede ser falsa y verdadera a la vez. Tal el don que nos otorgan las musas.

La palabra interpretada convoca al ser-ahí cerca. Nos envuelve en la cercanía, en la familiaridad. Nos acerca el mundo ordenado espiritualmente. Nos atestigua nuestra existencia ahí. Pero, ¿qué desplegamos? La libre posibilidad que nos hace ser humanos en medio del impulso de la materia y de la forma. El reflejo del espejo en el que nos avistamos de modo inesperado, extraño: cómo somos, cómo podríamos ser, lo que pasa con nosotros. Pulsamos lo innombrable.


Lo innombrable, tantas veces tratado por Lovecraft, lo extraño, no es más que otra perspectiva, pero quizá la definitiva que recorre nuestro ser. ¿Qué es? Quizá eros, quizá tánatos, las dos pulsiones básicas del hombre y el modo en cómo cada uno de nosotros las modulamos. Acabamos en el aliento vital, en Bergson, en Deleuze, en Freud y no podemos salir de ellos. Nadie aún los ha superado.

dissabte, 14 de juny del 2014

Tiempo e infinitud.


Infinitud.
En Grecia se sentía horror hacía el infinito, pues era imposible su comprensión mediante la razón. La visión de lo indeterminado, lo indefinido, el vacío cósmico sobre el que se sostiene todo, resultaba abrumadora. Aquello que tiene un recorrido interminable no podía ser atravesado. Sólo restaba la impotencia.

No obstante, de una idea negativa del infinito se fue abriendo con el transcurrir del tiempo una visión positiva de aquél. De tal forma que ya en el racionalismo, en la época del Barroco, se considera la infinitud del mundo. Para Spinoza el infinito hará desvanecer todo finitismo.

Sólo existe una sustancia infinita, dirá Spinoza, de la que espacio y tiempo dependen. Del pavor griego se ha pasado, pues, al asombro ante el laberinto del continuo, que engendrará después la idea de lo sublime en el romanticismo.

Sobrecogerse ante la magnitud del universo, ya formaba parte de los pensamientos de Pascal. Pero será Spinoza quien racionalice este palpar la infinitud. La razón suficiente justificará el infinito y será el leitmotiv del Barroco. El método analítico cartesiano, la idea clara y distinta, no será suficiente para conocer la esencia de las cosas. Hará falta un método sintético, aquel que hace que el conocimiento del efecto dependa del conocimiento de la causa. Sólo conociendo la causa se podrá conocer la esencia de las cosas.

Aquí radicará el infinito spinoziano, en la comprensión del conocimiento del efecto por el de la causa. La causa, la razón suficiente, engendra todas las propiedades del efecto. La idea adecuada, según el racionalismo, será la que exprese su propia causa.

La causa de todas las cosas será en el mismo sentido que causa de sí. Se trata del concepto de inmanencia. Lo envolvente contiene a lo envuelto, los modos y los atributos de la substancia están en ella, pero como en otra cosa. Tema difícil para un judío como Spinoza, ya que el Dios del judaísmo permanece alejado y separado de su creación. Spinoza lo vuelve cercano, demasiado, de ahí su expulsión de la sinagoga.

En cambio, para Descartes, el accidente no implica al ser que se relaciona, porque Dios contiene la realidad bajo una forma superior a la que se encuentra implicada en las criaturas (la ortodoxia cristiana). En Spinoza todas las formas del ser son iguales, se da una univocidad de lo real consecuencia de la inmanencia.

La historia de la idea de esta inmanencia expresiva comienza con la participación platónica. Se trata de una aventura que sobreviene del exterior al partícipe. Es el artista que toma a la Idea por modelo. Toda la tarea post-platónica consistirá en buscar un principio que haga posible la participación, pero desde el punto de vista del partícipe.

Habrá una continuidad de un flujo y de una radiación entre el efecto y su causa. Así el modo finito estará dotado de una relación de elasticidad. ¿Cómo se pasa de lo infinito a lo finito, de lo eterno al tiempo? Es el paso de la cualidad a la cantidad: el continuo se divide en cantidades, de tal manera que cada singularidad es un intensivo cuantitativo.