dimecres, 29 de maig del 2013

Mi yo.


Personas abiertas a los demás.

En un diálogo “mayéutico” sobre la fragmentación de la personalidad en el uso de las redes sociales, se vino a cuestionar, en torno a su enriquecimiento, la noción de persona. 

Desde la bien temprana Grecia, se concibió a la persona con una simple nota: la expresión. Uno de los grandes logros griegos fue la invención del teatro. En el teatro, los actores representaban a los héroes clásicos, y para su actuación hacían uso de una máscara con forma de embudo, con el fin de hacer resonar la voz. A esta máscara se la denominaba “persona”. Era lo sobrepuesto al individuo. Lo que el hombre expresaba. 

Con el primer cristianismo, a esta noción se le añadió otra más: la propiedad. Como una sinfonía a la que se le iban añadiendo entradas musicales, la persona se expresaba ahora a sí misma en sus propias acciones. Descubrieron que la persona tenía, así, una propiedad distintiva. 

Llegó San Agustín y a esta propiedad distintiva le añadió la noción de interioridad. La persona es persona gracias a la experiencia de su interioridad. El hombre, entonces, empezó a relacionarse consigo mismo de una manera ya muy concreta y real. 

La sinfonía se amplió con la llegada del medioevo: se le añadió la nota del “sui juris”. La persona existe por derecho propio, es un ser suyo. 

Con la modernidad este ser suyo se piensa en distintos tiempos y diferentes lugares, y lo hace porque siente que es dueño de sus propias acciones. La conciencia del hombre va creciendo a pasos agigantados, hasta considerarse una unidad que se define con elementos procedentes de sí misma. 

Pero faltaba la coda de la sinfonía, y se la puso Kant: la noción de libertad. La persona es una unidad psicofísica, pero no determinada en su ser, sino libre. La persona es independiente de la naturaleza, es capaz de crear, valorar, y someterse a unas leyes propias. Fue el gran descubrimiento: ver que se podía constituir a sí misma. 

Con este descubrimiento entramos, de lleno, en la contemporaneidad: la persona se construye a sí misma. Para construirse trasciende lo natural. Este sentimiento de trascendencia le lleva a superar los límites de su propia subjetividad. El hombre se siente persona cuando se abre a lo otro (se sacrifica por amor a otro ser, a la especie, a los valores, al conocimiento de una verdad objetiva…) Entonces el hombre, su persona, se siente un ser auténtico y ético. 

A modo de conclusión de esta sinfonía de la persona, podríamos plantear si construimos con autenticidad y valor nuestra vida, y si ese “ser auténtico” lo plasmamos en todos los ámbitos. Especialmente, en el de las redes sociales, que es el más rompedor. ¿Nos abrimos a los otros, o nos ocultamos? ¿Estamos construyendo nuestra personalidad, paso a paso, con la experiencia que nos proporcionan las propias acciones? O quizás, emulamos ídolos para no enfrentarnos al vacío de construir nuestro ser de la nada. La solución,pues, queda a vuestra consideración. 

dilluns, 27 de maig del 2013

Matar al diablo.


Baco en pleno festejo.
Todo empezó con la pregunta de por qué el mal, la limitación, la privación, el daño, el dolor, el sufrimiento sin fin, la enfermedad. Sin hallar respuestas, los hombres se pusieron en marcha e intentaron paliar aquello que presuponían lo causaba: la inconsciencia, mediante la razón y la responsabilidad; la injusticia, mediante una sociedad más justa; la enfermedad, mediante el avance de la medicina; la locura, mediante la psiquiatría; la limitación, mediante el progreso; la crueldad, mediante la bondad; la incultura, mediante el estudio. Pero siempre quedaba un resto, una presencia que hacía que todo aquello construido por el hombre un buen día se desmoronase (catástrofes, guerras, malentendidos, ideologías malditas, enfermedades monstruosas). Y los hombres empezaron a preguntarse si habría algo más allá de la realidad, que parecían controlar, que pudiera provocar todo aquello. 

Empezaron creyendo en el bien y el mal, que como una batalla celestial, se agredían mutuamente para adquirir la supremacía. Después se dieron cuenta de que no podían estar igualados, pues el mal necesita del bien para ser, pero el bien, no. Lo bueno puede ser en sí mismo, pero el mal siempre tiene como referencia al bien (la enfermedad es enfermedad con respecto al cuerpo sano). Si parecía, entonces, que el bien era superior al mal, ¿cómo permitía la existencia del mal? 

Se estudió la naturaleza del bien para comprender cómo podía contener lo adverso a él. Pues el bien, la plenitud, tenía que ser omnipotente también, y si lo era, contenía a la realidad en su totalidad con lo adverso incluido. La bondad, en tanto bondad, no puede forzar a ningún ente a que sea bueno. La bondad si es bondad dota de libertad a los entes, para que quieran compartir con ella su ser buenos. Si eligen ser adversos, los contiene igualmente, pues forman parte de la esencia de su libertad. 

Este ser adverso, elegido por sí mismo, tiene muchos nombres: el ángel oscuro, el diablo, el demonio. Y su adversidad: la malicia, el maleficio, lo diabólico, causan y provocan el desequilibrio en lo que tendría que ser llevado a la plenitud (el hombre, el mundo). Para su reparación, el hombre desarrolló un ámbito religioso que le religara con la plenitud y le ofreciera unas herramientas. Los utensilios que cosen las heridas de lo maléfico son los ritos. 

Desde la prehistoria los hombres han utilizado los ritos: para poder cazar, para las cosechas, la fertilidad, la sanación. Actualmente, se denominan sacramentos, y los hay de iniciación a la vida, de penitencia, de matrimonio, de sacerdocio, de unción de enfermos. Y dentro de la enfermedad, se consideran los ritos del exorcismo (a modo de enfermedad para sanar, el exorcismo sana de la presencia maligna). 

Hoy, en día, los exorcismos se han puesto de moda, pues parece que la presencia del maligno va a más. ¿Qué quiere el diablo? Según la simbología cristiana, al diablo le queda poco tiempo para el Juicio Final, y los tiempos actuales son proclives a hablar del fin del mundo. Ya está todo dicho.

diumenge, 26 de maig del 2013

A la caza del alma.



Naturaleza muerta como símbolo de memento mori.
A raíz de un comentario en facebook sobre las diferencias del cuerpo humano en unas fotografías americanas, se me antojó pensar qué sucedería si se pudiese fotografiar el alma. Me contestaron que ya se había fotografiado y decidí, entonces, investigar la historia de esa fotografía: 

A finales de s.XIX se dio una eclosión del fenómeno denominado “espiritismo”. La burguesía decimonónica halló una nueva manera de distraer las veladas, reuniéndose en torno a una mesa e invocando a los espíritus de los antepasados. De ese morbo, y del interés científico en auge de la época, surgió la idea de pesar el alma. Se trataba de cuantificar lo incuantificable. El empirismo consideraba que toda realidad era susceptible de medición. Si el alma era real, tenía que ser medible también. Sería una prueba de su existencia. 

Para realizar tal prueba, los científicos empeñados debían capturar el último hálito del moribundo. Para ello, pesaron a varios de ellos, en el momento de la muerte y segundos más tarde. Se sorprendieron al comprobar que, efectivamente, los cuerpos habían perdido unos gramos de peso. En esos gramos residía el alma. 

El alma, ¿cómo capturarla si no en la fotografía? Se llevó a término, entonces, la experiencia de fotografiar el “memento mori”. Es un concepto de la época romana, cuya traducción “recuerda que morirás”, nos dice que la naturaleza se descompone, mientras que el alma resta inmortal. Captemos, entonces, el último momento de vida mediante la imagen. 

La imagen es el recipiente que acogerá el cuerpo perdido y le dará forma de vida, restaurará su alma. Los muertos se encarnan así en la conciencia de los vivos. Ante la terrible expectativa de la muerte, ante su incomprensión por parte del género humano: que en un instante la vida se convierta en un cuerpo inerte; no quedó más defensa que la creación de una imagen que hiciera comprensible lo incomprensible, que fijara para siempre la vida ante la destrucción del tiempo. 

El hombre realiza con el acto de la fotografía un corte profundo en el espacio y el tiempo. Petrifica el pasado en un presente eterno, hace que ese espacio que una vez fue, vuelva a ser evocado. E incluso por conciencias que nunca lo habían tenido como recuerdo (la mirada de un niño del s.XXI de una fotografía del s.XIX). 

Así, pues, la fotografía, esa sombra fugaz, a modo como las sombras de la cueva platónica, paradójicamente, resultó alcanzar la idea verdadera a través de la luz, la forma que dota de vida a lo inerte, el alma. 

Os recomiendo la lectura del increíble libro de Hans Belting “Antropología de la imagen” Ed.Katz, del cual recojo muchas ideas, y, sobre todo, volver, volver siempre a Platón. En este caso su mito de la caverna, de lectura obligatoria para todo ser humano, bípedo y con al menos dos dedos de cerebro. ¡Arrivederchi!