dimarts, 21 de setembre del 2021

La izquierda y el mito gay.

 


Quizá fuera Foucauld, quizá Beauvoir, quienes instauraron el mito gay en la izquierda. Los que corren por la linde, los nuevos pordioseros damnificados, la excusa perfecta para una izquierda ya obsoleta y decadente. La figura del invertido como emblema, de eso se trata, para consolidar la inversión de valores que destruye la Historia y ponga el contador a cero. La izquierda requiere de un nuevo comienzo, donde no exista dios ni hombre, ni mucho menos un pacto entre ellos que construya caminos, puentes, arcas o tablas de la ley. La izquierda es el vacío, la nada, el círculo de lo colectivo, donde los sucesos no acontecen jamás. El tiempo del no tiempo, el encaje de las piezas de un puzzle indisoluble. La diversidad solidificada en una identidad apostada, mortaja de la vida que se escapa a todo encierro.

Eso es la izquierda, y el gay pasa a ser su nueva herramienta. Antes denostado, ahora ensalzado, para formar ese mundo onírico de la izquierda, más parecido a Marte que a la Tierra. La izquierda en todas sus vertientes (comunista, socialista, progresista, revolucionaria, anarquista y constitutiva de la teología de la liberación) fracasó estrepitosamente con la caída del muro de Berlín, porque a pesar de destruir reyes, religiones, tradiciones y economías, no supo destruir lo más esencial del ser humano que es la familia (la aspiración conjunta del hombre y la mujer por sacar adelante a los hijos).

Si la izquierda quería triunfar de nuevo debía romper con el molde familiar: que el hombre dejase de ser hombre, que la mujer abandonase la familia, y que el niño pasase a ser tutelado e ideologizado por el Estado. ¿Cómo conseguir este objetivo? A través de la homosexualidad. A partir de ahora el gay será el modelo de persona a seguir, el híbrido necesario para instaurar el colectivismo del vacío. Hay que construir un mito en torno a él, coronarlo, pasearlo: es el rey de la moda y de las carrozas, en detrimento de la mujer que será apartada, tapiada (la alianza de la izquierda con el Islam resulta clave). Se vende el mensaje de que la liberación de la mujer consiste en cubrir sus formas hombrunamente, de que el hombre no debe mirarla para ella ser libre. La mirada es la que esclaviza, y el hombre, el patrón que da los latigazos.

El heteropatriarcado es el Infierno, mientras que la homosexualidad, el Paraíso. Las mujeres deben besarse entre ellas (como canta la Rosalía), y los hombres amanerarse y acariciarse entre ellos (la nueva masculinidad de Colau). Este es el camino para la aniquilación familiar, seguido de la adulteración del niño (quebrar su inocencia, automatizarle ideológicamente). El plan diabólico de la izquierda para esta vez por fin triunfar, para que la Internacional llegue a los rincones del mundo como la única religión posible, unilateralmente, la religión del odio.

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