Quizá fuera Foucauld, quizá
Beauvoir, quienes instauraron el mito gay en la izquierda. Los que corren por
la linde, los nuevos pordioseros damnificados, la excusa perfecta para una
izquierda ya obsoleta y decadente. La figura del invertido como emblema, de eso
se trata, para consolidar la inversión de valores que destruye la Historia y
ponga el contador a cero. La izquierda requiere de un nuevo comienzo, donde no
exista dios ni hombre, ni mucho menos un pacto entre ellos que construya caminos,
puentes, arcas o tablas de la ley. La izquierda es el vacío, la nada, el
círculo de lo colectivo, donde los sucesos no acontecen jamás. El tiempo del no
tiempo, el encaje de las piezas de un puzzle indisoluble. La diversidad
solidificada en una identidad apostada, mortaja de la vida que se escapa a todo
encierro.
Eso es la izquierda, y el gay
pasa a ser su nueva herramienta. Antes denostado, ahora ensalzado, para formar
ese mundo onírico de la izquierda, más parecido a Marte que a la Tierra. La
izquierda en todas sus vertientes (comunista, socialista, progresista,
revolucionaria, anarquista y constitutiva de la teología de la liberación)
fracasó estrepitosamente con la caída del muro de Berlín, porque a pesar de
destruir reyes, religiones, tradiciones y economías, no supo destruir lo más
esencial del ser humano que es la familia (la aspiración conjunta del hombre y
la mujer por sacar adelante a los hijos).
Si la izquierda quería triunfar
de nuevo debía romper con el molde familiar: que el hombre dejase de ser
hombre, que la mujer abandonase la familia, y que el niño pasase a ser tutelado
e ideologizado por el Estado. ¿Cómo conseguir este objetivo? A través de la
homosexualidad. A partir de ahora el gay será el modelo de persona a seguir, el
híbrido necesario para instaurar el colectivismo del vacío. Hay que construir
un mito en torno a él, coronarlo, pasearlo: es el rey de la moda y de las
carrozas, en detrimento de la mujer que será apartada, tapiada (la alianza de
la izquierda con el Islam resulta clave). Se vende el mensaje de que la
liberación de la mujer consiste en cubrir sus formas hombrunamente, de que el
hombre no debe mirarla para ella ser libre. La mirada es la que esclaviza, y el
hombre, el patrón que da los latigazos.
El heteropatriarcado es el
Infierno, mientras que la homosexualidad, el Paraíso. Las mujeres deben besarse
entre ellas (como canta la Rosalía), y los hombres amanerarse y acariciarse
entre ellos (la nueva masculinidad de Colau). Este es el camino para la aniquilación
familiar, seguido de la adulteración del niño (quebrar su inocencia,
automatizarle ideológicamente). El plan diabólico de la izquierda para esta vez
por fin triunfar, para que la Internacional llegue a los rincones del mundo
como la única religión posible, unilateralmente, la religión del odio.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada