diumenge, 22 de gener del 2017

El hombre de cristal.


El hombre de cristal.
En Roma se buscaba la cohesión social integrando al hombre en el colectivo. Un Imperio tan grande debía favorecer, para sostenerse, la inclusión del individuo. Hoy en día, ocurre a la inversa: no se favorece la inclusión, sino que se prima al individuo en el vacío. De esta forma, el hombre se torna más vulnerable que nunca, ya que se quiebra al menor golpe.

Los imperios de ahora no son como los de antaño que ganaban tierras. En el presente, intentan ganar nubes y para ello el individuo ha de ser transparente. La nube lo ha de traspasar. El cuerpo terráqueo y opaco ya no tiene lugar. El hombre tiene que ser de cristal con el fin de ser atrapado por las redes y que lo lancen a la conquista del espacio.

La transparencia consiste en la desnudez psíquica. Se le pide al hombre que cuente todo de sí: los gustos, las manías, los sentimientos, los pensamientos… La consecuencia no es sólo el narcisismo, sino también el radicalismo, producto de una exposición constante llevada al límite. El individuo queda así tan expuesto y tenso, que al menor roce se rompe.

La comunicación con los demás es inexistente, aunque parezca que el hombre parlotee sin cesar. No escucha a quien se cruza en su camino. La palabra del otro no interesa. Por tanto, los lazos sociales se pierden y sólo se encuentran los cabos sueltos de la vida. El hombre, entonces, entra en la perplejidad. ¿Qué hace con el cabo del amor, y con el de la muerte? Penden sueltos, bamboleando y traspasando las figuras de cristal, que los reflejan como un prisma de múltiples rostros.

El hombre de cristal no es líquido, no se permea con los demás. Su barrera es sólida, pero frágil. El contacto humano lo tambalea: vibra, emite sonidos. No obstante, si la frecuencia es alta, estalla. Y todo aquello que había reflejado se expande en diminutos trozos a través del negro espacio. Los trozos se adhieren como pegotes y forman el polvo de las estrellas. Ocurre entonces, que solo los que miran al cielo, ven la esencia de la humanidad.

Quien interpela y pone el dedo en la llaga, toca la esencia. Romper al hombre de cristal para que surja la esencia es tarea del filósofo (Sócrates moldeando a los hombres). Hace astillas lo que sobra para hallar lo común, lo verdadero. El principio que lo rige todo: la unión de los contrarios. Si Calícrates dice A y Timón dice B, Sócrates sabe hallar lo común a A y B, que no será ni A ni B, ni tampoco C; sino aquello meta A,B,C… que está en A,B y C, pero lo supera, lo traspasa.

Hallar lo común, esa es la tarea de la humanidad para acabar con el individualismo destructor, con el hombre de cristal que no escucha a los demás, pero que estalla cuando rozan su esencia, porque sabe que no es el hombre verdadero.

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