divendres, 14 d’octubre del 2016

La concepción del hombre en el Islam: una concepción medieval.


Imán adoctrinando a un fiel.
El hombre en el Islam es el encargado de cumplir las órdenes de Dios en el tiempo y en el espacio. Dios tiene la autoridad absoluta sobre el hombre, ya que éste existe únicamente por voluntad de Dios. La finalidad del hombre es la adoración. En el Islam nada es libre en el mundo e independiente de Dios.

El Islam se construyó en la Edad Media, en donde la convivencia social se basaba en la relación de vasallaje entre el señor y el siervo. Y esto es lo que significa el Islam: sometimiento. El hombre ha de someterse a Dios y obligar al mundo a la “sumisión”. El buen musulmán ha de mantenerse en un estado de guerra total y permanente para convertir el mundo entero a este monoteísmo radical.

Pero no sólo es el mundo el que ha de someterse, sino también la historia, que debe ser la manifestación ininterrumpida de Dios. Por tanto, el progreso humano no cabe en ella. Y no cabe porque el hombre es falible. El Islam no cree en el hombre ni en su libertad. El alma sola incita al mal, porque es como un cuerpo sutil que anima a la carne. La razón es satánica, y sólo el corazón posee la facultad para el conocimiento directo de Dios. El entendimiento abstracto del hombre, el que distingue lo bueno de lo malo, sólo existe cuando está unido al Entendimiento activo universal (Dios). En el hombre el entendimiento es sólo una posibilidad de recibir ideas de este Entendimiento activo. Según esto, el sentido de la vida humana es someterse a la voluntad de Dios.

La concepción del alma musulmana es plenamente platónica: el alma es la forma de la materia del cuerpo y ha caído de su patria eterna a un mundo caótico, del que debe salir y esforzarse por recuperar la unión con la fuente de su existencia (Dios). Sin esta unión, queda como un espíritu inferior que incita al mal. En el Islam no existe el pecado original ni la necesidad de redención (que supone la posesión del libre albedrío en el hombre), sino un simple olvido de su Señor, lo cual le produce la corrupción y las malas obras, de las que puede arrepentirse.

Siguiendo los preceptos del Corán, que son de origen divino y obligatorios, el musulmán evita caer en el mal. Los imanes son los que dirigen el alma por este camino y se les debe obediencia absoluta. Vemos pues, que el principal problema del Islam es la compatibilidad de la voluntad divina y la libertad humana, la responsabilidad y la predestinación. Se considera al hombre tan insignificante ante Dios que no se le puede atribuir ninguna posibilidad de actuar libremente.

Los modernistas han puesto sobre el relieve la idea de responsabilidad que exige la actividad del mundo moderno, pero los fundamentalistas lo han tirado por tierra. Anteponen la fe en el día del juicio: este mundo es sólo un campo en el que se siembra para el otro mundo, donde se recogerá la cosecha.

Esta exagerada confianza en Dios degenerará en una pasividad y fatalismo, por parte de sus fieles, que les hará inviable el espíritu creativo necesario para afrontar la evolución inevitable de la historia, como así ha sucedido. Se limitan a memorizar el Corán y los textos sagrados, sin interpretarlos para adecuarlos a los tiempos que viven. Esta tesitura impide romper los usos medievales que han hecho del Islam un sistema inmovilista que abarca todas las esferas de la vida sin diferenciación.

Para llegar a la contemporaneidad, tiene que separar esferas y dejar que cada una de ellas se desarrolle por sí misma (separar la razón de la fe, la religión del Estado, la ciencia de la teología…). De esta manera, alcanzaría la Ilustración necesaria para sincronizarse con las otras religiones y culturas en el tiempo actual.

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