dimarts, 25 d’octubre del 2016

El hombre es una tumba.


Cementerio.
Lo que marca la diferencia de lo humano es la cultura (aquello que se crea con lenguaje, raciocinio y simbología). El animal posee conciencia, sensaciones y sentimientos, pero no los puede concatenar: hallar las causas y fabricar una amalgama de pensamientos que expliquen su mundo e imaginen otros posibles. Por mucho que evolucione una especie diferente a la nuestra, jamás dará el salto cultural humano. El hombre lo dio al enterrar a su semejante. El hecho de depositar un cadáver bajo tierra y cubrirlo de piedras, de aceptar la muerte y rendirle culto, humanizó al hombre, arrancándolo de la bestialidad. La primera manifestación cultural humana reside en los cementerios.

El cementerio se entiende como un entierro colectivo, porque se cobra conciencia de la muerte colectivamente. El hombre nunca ha vivido solo, desde tiempos inmemoriales la tribu ha sellado su vida. En la tribu los impulsos de eros y tánatos se limitan para hacer posible la convivencia y la existencia humana. Se regula eros mediante los lazos de consanguineidad, y se regula la aceptación de la muerte con los ritos funerarios.

El rito funerario es la plasmación de la despedida del compañero, del ancestro, del descendiente. Se despiden del muerto considerándolo en su totalidad: lo que ha sido, lo que ha significado, y la vida que ha cerrado dignificándola. La vida se dignifica con la muerte, porque el individuo que ha vivido ha aceptado su fin: el toreo con la muerte y la cornada certera que siega su vida. El encararse con tánatos, sabiéndose perdedor de antemano, hace hombre al hombre.

La muerte es el no-ser, una noción incomprensible para el ser existente. Todos los seres la intuyen, pero sólo el hombre la afronta. Primero utilizará la magia, y luego, más tarde, la razón como instrumentos para intentar domeñarla. El hombre primitivo buscaba lugares mágicos para enterrar a sus muertos. Los dólmenes y menhires (las primeras construcciones funerarias) no se ubicaban en cualquier lugar, sino en los sitios sacros, sitios que presentaban anomalías geomagnéticas, captadas por el chamán de la tribu según sus conocimientos. Posteriormente, y hasta la actualidad, establecemos que los cementerios estén en o sean ya recintos sacros.

De aquí surge la religión, que significa, precisamente, el religarse con la tierra, entendida como sustrato divino. El cielo angelical vino después. La tierra es sacra porque muere con cada invierno y renace en la primavera. Es cíclica y la religión también lo será. Apelará a un tiempo sacro que se repite una y otra vez, y en el que el hombre toma parte: cultivando la tierra y cultivando la religión (participando, poniendo de manifiesto y ejecutando los ritos anuales). Dicha participación religa al hombre con la vida. Le impulsa a coger la muerte por los cuernos, porque sabe que luego vendrá el renacer.

La esperanza del renacer es lo que se pone de manifiesto culturalmente en los cementerios. Las tumbas, las esculturas, las ofrendas, las oraciones, llaman a la esperanza. El difunto está muerto pero renacerá a la vida plena.



divendres, 14 d’octubre del 2016

La concepción del hombre en el Islam: una concepción medieval.


Imán adoctrinando a un fiel.
El hombre en el Islam es el encargado de cumplir las órdenes de Dios en el tiempo y en el espacio. Dios tiene la autoridad absoluta sobre el hombre, ya que éste existe únicamente por voluntad de Dios. La finalidad del hombre es la adoración. En el Islam nada es libre en el mundo e independiente de Dios.

El Islam se construyó en la Edad Media, en donde la convivencia social se basaba en la relación de vasallaje entre el señor y el siervo. Y esto es lo que significa el Islam: sometimiento. El hombre ha de someterse a Dios y obligar al mundo a la “sumisión”. El buen musulmán ha de mantenerse en un estado de guerra total y permanente para convertir el mundo entero a este monoteísmo radical.

Pero no sólo es el mundo el que ha de someterse, sino también la historia, que debe ser la manifestación ininterrumpida de Dios. Por tanto, el progreso humano no cabe en ella. Y no cabe porque el hombre es falible. El Islam no cree en el hombre ni en su libertad. El alma sola incita al mal, porque es como un cuerpo sutil que anima a la carne. La razón es satánica, y sólo el corazón posee la facultad para el conocimiento directo de Dios. El entendimiento abstracto del hombre, el que distingue lo bueno de lo malo, sólo existe cuando está unido al Entendimiento activo universal (Dios). En el hombre el entendimiento es sólo una posibilidad de recibir ideas de este Entendimiento activo. Según esto, el sentido de la vida humana es someterse a la voluntad de Dios.

La concepción del alma musulmana es plenamente platónica: el alma es la forma de la materia del cuerpo y ha caído de su patria eterna a un mundo caótico, del que debe salir y esforzarse por recuperar la unión con la fuente de su existencia (Dios). Sin esta unión, queda como un espíritu inferior que incita al mal. En el Islam no existe el pecado original ni la necesidad de redención (que supone la posesión del libre albedrío en el hombre), sino un simple olvido de su Señor, lo cual le produce la corrupción y las malas obras, de las que puede arrepentirse.

Siguiendo los preceptos del Corán, que son de origen divino y obligatorios, el musulmán evita caer en el mal. Los imanes son los que dirigen el alma por este camino y se les debe obediencia absoluta. Vemos pues, que el principal problema del Islam es la compatibilidad de la voluntad divina y la libertad humana, la responsabilidad y la predestinación. Se considera al hombre tan insignificante ante Dios que no se le puede atribuir ninguna posibilidad de actuar libremente.

Los modernistas han puesto sobre el relieve la idea de responsabilidad que exige la actividad del mundo moderno, pero los fundamentalistas lo han tirado por tierra. Anteponen la fe en el día del juicio: este mundo es sólo un campo en el que se siembra para el otro mundo, donde se recogerá la cosecha.

Esta exagerada confianza en Dios degenerará en una pasividad y fatalismo, por parte de sus fieles, que les hará inviable el espíritu creativo necesario para afrontar la evolución inevitable de la historia, como así ha sucedido. Se limitan a memorizar el Corán y los textos sagrados, sin interpretarlos para adecuarlos a los tiempos que viven. Esta tesitura impide romper los usos medievales que han hecho del Islam un sistema inmovilista que abarca todas las esferas de la vida sin diferenciación.

Para llegar a la contemporaneidad, tiene que separar esferas y dejar que cada una de ellas se desarrolle por sí misma (separar la razón de la fe, la religión del Estado, la ciencia de la teología…). De esta manera, alcanzaría la Ilustración necesaria para sincronizarse con las otras religiones y culturas en el tiempo actual.

divendres, 7 d’octubre del 2016

Jaspers y el s.XXI.


Burkas.
Si Jaspers viviese en el s.XXI se horrorizaría al comprobar que la humanidad es incapaz de alcanzar la razón común a la que aspira el pluralismo cosmovisional. Y no porque no se hayan dado las condiciones previas al acuerdo intercultural (la renuncia a la imposición violenta, el reconocimiento del otro como interlocutor, la superación de la autocomprensión fundamentalista, el tener voluntad comunicativa, y el introducir las perspectivas interlocutorias de modo recíproco). Se cumplieron las condiciones e incluso se llegó a una cultura política que las institucionalizó en términos de derechos humanos. Pero, cuando todo parecía ensamblado y la comunicación de las formas culturales de vida establecida, la crisis económica del s.XXI se encargó de diluir el punto común de encuentro, propiciando el encierro de lo diferente en el solipsismo. Hoy en día, resulta entristecedor observar cómo todos los ámbitos de comprensión existencial se han radicalizado y exacerbado en el fanatismo.

Si por una crisis económica el hombre es capaz de perder los valores, incluyendo el de la propia vida (suicidio) y la de los demás (terrorismo), entonces Marx tenía razón al afirmar que la verdadera naturaleza del hombre es económica. La economía, según Marx, es el sustento de lo real. Pero, ¿es esto cierto? O, quizá, ¿es el sistema creado el que comprime al hombre en lo económico? Se plantea entonces salir del sistema, modificarlo, gestionarlo de manera diferente para impedir la opresión. Se alcanzan mejoras. No obstante, la insatisfacción humana no tiene límites. Un dato lo demuestra: en época de paz los suicidios se incrementan. Parece que la propia naturaleza humana diga que por aquí no. No le es suficiente la paz, ni el progreso. Aspira a algo más: a algo etéreo, que no se ve pero que se intuye. A algo que es bello en sí, verdadero y bueno. El hombre aspira a la religión. Y, por encontrarla, barrerá la cumbre, con la esperanza de que la estrella mayor se deposite en ella. Quiere un encuentro con lo divino, porque lo humano le sabe a poco.

El error actual (lo que conduce al fundamentalismo y a la cerrazón) consiste en ir a buscar lo divino en otra época (la Edad Media en el Islam) e insistir a sus congéneres que sólo se halla en esa época. Entonces se borra la historia y la capacidad de diálogo con la modernidad. Para llegar a un pluralismo cosmovisional, el requisito fundamental consiste en que todas las religiones y culturas vivan de acorde a su tiempo actual. El fracaso del diálogo interreligioso no viene dado por la procedencia o lugar geográfico de cada religión, sino por el asincronismo de sus tiempos. Olvidan que Dios está en todos los tiempos y lugares.