dimarts, 14 d’octubre del 2014

La metáfora viva.


Intersecciones.

Volvemos al campo filosófico y a la cuestión del ser como metáfora. Cuando hablamos del ser rompemos todo discurso poético, científico, ordinario. Entramos en el fuera de juego radical de cualquier lenguaje. Nos vamos a lo meta, lo que está más allá, a la transposición del sentido propio hacia el figurado; al viaje del alma cuando se traslada del lugar visible al invisible.

Cuando la palabra se remonta a partir de su origen, en un retorno constante que hace aparecer el mundo. Cuando el sentido se desvía y se obtienen significaciones nuevas. Sólo entonces aparece una nueva red que nos transfiere a otro espacio.

Las metáforas operan como desviaciones, como modificaciones que la transmisión del lenguaje comunica al dato y que tiene que ver con la polaridad semejanza-desemejanza. Relacionan dos cosas cualquiera según un número indefinidamente variable de modos diferentes. Presentan una idea bajo el signo de otra, más incisiva o más conocida. Vivifican un lenguaje constituido: inscriben el impulso de la imaginación en un pensar a nivel del concepto.

El alma así interpreta, dota de vida al pensamiento, accede al contexto. Por contexto se entiende las partes que faltan del discurso implicado en el sentido de las palabras y las situaciones representadas por estos términos que faltan. De esta manera, el alma puede proyectar el mundo. Sobrepone al mundo percibido los intercambios entre significaciones de palabras. Pero la percepción humana tampoco surge directamente de la realidad, sino que es producto de anteriores metáforas espontáneas. La percepción de la realidad siempre es metafórica.

Dominar la metáfora es dominar el mundo, forjarnos para vivir en él. De ahí que esté viva; no es un cadáver al cual disecar. El dominio pasa por el desciframiento de las situaciones nuevas surgidas en la densidad de las relaciones vitales. Se descifran en términos de figuras que realizan la función de transmisión respecto a esas situaciones nuevas consideradas como dato.

La metáfora es una comparación condensada. Elige ciertas propiedades hasta ahora no significadas de connotaciones latentes, para convertirlas en significación, en parte de la intención de la palabra. Busca la intersección de varios campos semánticos por el sistema de los lugares comunes asociados. Así de la semejanza se podrá deslizar hasta la desemejanza. La torsión metafórica es un hecho.

Las metáforas auténticas son las que conllevan un acontecimiento y un sentido. Modifican al sujeto al oponerle un marco y al hacer que identifique en una imagen las analogías comprimidas. Se ve en la obligación de afirmar una identidad intuitiva y concreta. Ha de desdoblar, para ello, la función referencial: hacer desaparecer la referencia a lo real cotidiano para liberar otro tipo de referencia, hacia otras dimensiones de la realidad. En este proceso hace del mensaje algo duradero. Desvía el sentido y accede al espacio interior del lenguaje.

Con la metáfora jugamos a la presencia y a la ausencia, proyectamos el mundo y nos constituimos en él. La metáfora se halla repleta de vida.



dimarts, 7 d’octubre del 2014

La revuelta política.


Estrella de Belén.
Vivimos tiempos convulsos que pretenden ser revolucionarios, pero al desenmascararse, resultan retrógrados. Hay convulsión porque hay vacío: de ideas, de sentimientos, de situaciones, de valoraciones. La crisis que comenzó siendo económica se ha extendido a todos los campos. La visión del mundo actual es crítica.

Estamos en la UVI porque la sociedad se ha desmembrado: las clases sociales bordean una fractura que hace que unos pocos miembros se saturen en el polo positivo de los ricos, mientras que la inmensa mayoría se condensa en el polo negativo de la pobreza.

No hay ideas nuevas de superación, sino una vuelta a pensamientos políticos decimonónicos: resurgen los nacionalismos y los movimientos proletarios del s.XIX. Los oportunistas echan mano a estas filosofías políticas empolvadas. Pretenden acoplar la situación actual a la dada en mil ochocientos. Pero, señores, de eso hace ya un siglo y medio. ¿Más de cien años de evolución de la humanidad para nada? ¿Nada menos que dos guerras mundiales y la caída del muro de Berlín como si no fuera niente?

La evolución histórica y sus aconteceres tienen un por qué. La visión del mundo del 2014 no puede ser la misma que la de 1850. El progreso técnico, científico y humano no es baladí. Nos tiene que conducir a un futuro nuevo y no a un pasado retrógrado.

Los medios tecnológicos y de conocimiento que posee hoy en día el ser humano, tendrían que ser suficientes y sobrantes para su mayoría de edad. Ya no caben tutelajes políticos. La razón comunicativa y la tecnología deberían procurar la autonomía de cada persona para organizar su vida en comunidad.

Varias voces, diversos puntos de vista, y un barrido democrático que a modo de concepto los recorra a todos, y los refleje en una acción común: la búsqueda de mayor bienestar humano. Dicha búsqueda no se reduce a pan y circo para todos como pretenden los movimientos retrógrados. La búsqueda abre horizontes y va más allá. No se puede cercenar al ser humano con cuatro estupideces. Se ha de tener en cuenta su biodiversidad, su conciencia, su espiritualidad, su cultura y su singularidad.

Las singularidades crean cada día una geografía y una historia nuevas. Colonizamos el mundo de mil maneras diferentes. Somos biodiversidad y como tal actuamos, pensamos, sentimos, valoramos. Las redes virtuales son reflejo de nuestras redes comunicativas reales. Nos expandimos como el universo.

La biodiversidad en la que nos situamos recoge la visión griega del microcosmos ligado al macrocosmos. En Grecia el hombre no se sentía diferente del universo: lo que acontecía en éste le influía sobremanera, y todo el hacer humano era reflejo del universo. Quizá la verdadera revolución política que anhelamos esté en las estrellas. Sólo nos resta seguir su rumbo.

Hubo una vez una estrella con cola que vino de Oriente y se depositó en Belén…

dijous, 2 d’octubre del 2014

El vehículo de la conciencia.


Lamborghini.
El vehículo de la conciencia atraviesa sendas oscuras: la mirada hacia el interior, el retorno al pasado, la contemplación de lo circundante y, sobre todo, muy especialmente, el alejamiento de sí mismo.

El vehículo es una estructura permanente, una unidad de apercepción que enlaza las impresiones de una manera constante; un foco que ilumina lo envuelto, lo que le pertenece, desde su propia perspectiva. Recorre multitud de procesos biológicos, pero sólo engarza actos cognoscitivos. Es una unidad sintética que se convalida sí misma, un incondicionado dado de antemano que acompaña a todos nuestros actos. Es la percepción de lo inmanente.

Lo inmanente recoge las sendas del interior, del pasado, de lo circundante a nosotros. Pero también nos sitúa frente a frente: hace que la conciencia se halle ante sí misma como producto de lo radicalmente extraño a ella. El hombre se enfrenta al alejamiento de sí mismo.

El hombre se cuestiona a sí mismo analíticamente y se abre al horizonte ilimitado de tal preguntar. Está situado ante sí mismo en una pregunta que ha rebasado ya todas las posibles respuestas empíricas parciales. Si fuera un sistema finito no podría situarse ante sí mismo como un todo. Hemos llegado, de la inmanencia, a la trascendencia.

La trascendencia en el sentido de infinitud, porque la confrontación del hombre que le constituye como sujeto, le diferencia de su condición de cosa finita que también se da en él. Cuando el hombre como sujeto se autoposee en una referencia sabedora y libre al todo, entonces es persona. Esta referencia es la condición de posibilidad y el horizonte previo para que el hombre en su experiencia particular empírica y en sus ciencias particulares pueda comportarse consigo como una unidad y totalidad.

El todo del hombre está confiado a sí mismo. Incluso si se quiere explicar desde lo ajeno o lo condicionado, lo hace él mismo. Al cuestionarse a sí mismo como un todo, se rebasa o trasciende. El sujeto es la condición apriorística de la experiencia particular. Su experiencia es trascendental. El hombre es el indeducible, no puede producirse desde otros elementos disponibles. Es el ser que trasciende, que muestra un horizonte infinito.

El horizonte infinito del preguntar humano se experimenta como una línea que retrocede cada vez más lejos cuanto más respuestas es capaz de darse el hombre. Cada respuesta vuelve a ser el nacimiento de un nuevo preguntar. Se desplaza en un horizonte cada vez más amplio, que se abre ante él sin confines. El hombre es la pregunta que se levanta vacía, y que nunca puede responder adecuadamente. El hombre trasciende porque anticipa el ser.

La anticipación lo transforma en un vehículo poderoso: el hombre es un lamborghini rojo.