diumenge, 17 de gener del 2016

El budismo y el té.

La ceremonia del té.
Desde Manhattan nos llega una nueva moda que quiere abrirse paso en el mundo: tomar matcha, un tipo de té verde, en substitución del café (allí el mítico caffè latte de Starbucks). No se trata solamente de reemplazar una bebida por otra, sino también de establecer “el culto del té”, una tradición asociada al budismo zen de Japón.

El mundo occidental agitado por el estrés producto de una economía excesivamente competitiva, busca espacios de tranquilidad como los que provienen de las disciplinas tradicionales orientales. El budismo es una de ellas. Surgió en el norte de la India con Buddha y se extendió por China hasta alcanzar Japón, donde adoptó la variante del zen.

El zen es un budismo muy práctico que insiste en tratar las cosas en sí mismas. Como budismo es, al mismo tiempo, una disciplina para la iluminación, entendida como emancipación y libertad, que se sitúa en la vida interior, sea cual sea el estado del hombre externamente. Esta emancipación de la vida interna consiste en despertar en la mente del discípulo una conciencia que armonice con la pulsación de la realidad. Por eso, la experiencia diaria de tratar con las cosas resulta decisiva.

El zen transforma la mente en un marco dispuesto a dar una respuesta inmediata a cualquier estímulo que venga de fuera. Sintoniza la mente con un estado de máxima fluidez y movilidad. Sitúa a la intuición por encima del entendimiento.

Para captar la intuición se ha de llevar una vida de sencillez y pobreza, que procure que la persona no tenga que depender de casi nada. De esta forma, se consigue sentir la pulsación en el sí de la naturaleza, viendo las cosas individuales como perfectas en sí mismas y como materialización de la totalidad.

El hombre se flexibiliza con este rítmico movimiento del espíritu, que reside tanto en la cosa como en el sujeto. No puede salir de la experiencia. Acepta la realidad tal como es, sin proyectarse en ella, ni tampoco analizarla mediante conceptos. Se deja llevar como el flujo del agua.

El flujo del agua produce un estado en la mente. Cultiva un campo interior de la conciencia, o mejor dicho, cultiva la psicoesfera, para ver cómo las cosas de la existencia se dirigen hacia sus raíces más profundas.

En Japón existen las casas del té, recintos adecuados para poder experimentar esta psicoesfera. Constan de pequeñas habitaciones aisladas donde se toma el té en soledad. El agua que llena la tetera se extrae del pozo de la mente, que no conoce la profundidad de su fondo. Y el individuo que saborea el té, permanece atento entre el Cielo y la Tierra, enfrente de la infinitud de los seres.

La psicoesfera se compone de tranquilidad y de concentración, los mismos efectos que produce el té: la L-teanina aumenta la concentración y la memoria, así como disminuye la frecuencia cardíaca. Luego, disfrutemos y saboreemos una taza de té en un ambiente agradable, para, de esta forma, empezar con buen pie el presente 2016.

divendres, 1 de gener del 2016

Refugiados 2016.


Niño refugiado en el bosque a punto de nevar.
La tierra engulle a los diletantes, a través de sórdidos orificios, que especulan si dejarlos caminar por debajo como si nada.

Los que caminan subirán después las escaleras hacia el cielo, hasta que el aire bruno de la ciudad les friegue el rostro.

La ventisca no frenará sus pasos, ni tampoco la mirada vacía de los otros.

Seguirán, cruzarán las calles y los puentes, las plazas pequeñas y las grandes, donde los relojes no marcan el tiempo convenido, sino otro diferente.

Los caminantes se guían por este otro tiempo. Ahora, da lo mismo llegar temprano o tarde al destino, porque el fin ha dejado de ser tal.

Los hombres y las mujeres han huido de la ciudad. No saben a dónde irán. Son refugiados y para ellos el Fin de Año carece de importancia.

Lo mismo que el Año que empieza, sin refugio donde cobijarse. La vida les ha impuesto vallas elevadas que saben no podrán cruzar.

Acamparán en bosques inhóspitos a temperaturas de congelación, con niños pequeños y ancianos a los que abrigar. La guerra ha destruido su hálito vital. La Navidad los ha cubierto de nieve helada.

La mayoría son musulmanes, rechazados por otros más radicales. Buscan refugio en el Occidente que fue cristiano, ahora laico, ahora nada, porque se niegan a acogerlos. 

El Occidente nada se basa en cuentas y los números no salen, porque no quieren repartir la riqueza acumulada. Su imperativo es vivir bien, y no se van a privar de algo por el prójimo.

Porque ya no hay prójimo: la religión se ha disuelto. El hombre ya no se religa a la tierra, sino al espacio de lo virtual, que es como si no “fore niente”, una brisa que se diluye. 

Vuela como un pájaro, libre de compromisos. Pero el hombre no es pájaro, ni ángel; es carne, materia pura, que ha de arraigarse en un mundo despiadado, pues ha sido arrojado a él.

Empezamos el 2016 y el conflicto no se soluciona. Los refugiados arañan la puerta de la misericordia; Poncio Pilatos se lava las manos; los radicales se las manchan; pero ninguno de ellos las utiliza para crear las herramientas de la humanidad.

Humanitas, especie, colectivo, que incluye a todos los seres humanos sin distinción. No importan las fronteras cuando el hambre y el frío las corroen. No importa el sistema, cuando genera bolsas antisistémicas, anárquicas, que demuestran la ineficacia de aquél.

Intereses geoestratégicos bañados de religiones, o religiones que reclaman su espacio propio. ¿Es posible la convivencia de todas ellas, el enriquecimiento mutuo? Quizá sí, si la globalidad no las ahogase.

Lo que sirve de marco se impone en el cuadro y no deja ver la pintura. La globalidad reprime la cultura local desarraigando al hombre, conduciéndolo a la locura, el asesinato, el suicidio.

El fraticidio campea en la niebla de lo virtual que no deja ver al hermano. Cuando una persona se sustituye por otra como un simple muñeco. Jugamos a muñequitos y las personas de verdad se mueren.